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Ética empresarial: la apología del ego codicioso

No voy a enumerar los conocidos casos de desfalco, colusión y engaños masivos a los consumidores y clientes en Chile, provenientes de personas de diversas ideologías. La corrupción no es propiedad de ningún grupo particular y parece estar distribuida homogéneamente.

Ante las sistemáticas y masivas conductas de corrupción de empresarios y ejecutivos en Chile cabe la pregunta de si existe la ética empresarial, entendida como la bondad o maldad de los comportamientos y sus consecuencias. 

Existe una ética empresarial dominante: la de hacer todo lo posible por lograr las metas personales, a cualquier costo. Es decir, el imperio del ego, la codicia y el éxito económico a ultranza. Este fin de riqueza personal es la guía moral para justificar el uso de medios destructivos de lo colectivo: despreocupación por el medio ambiente, relaciones laborales vergonzosamente asimétricas, pagar lo menos que se pueda, abusar de proveedores y clientes, concebir a los trabajadores como recursos, hacer lobby y pagar votos de políticos, etcétera.

La ética empresarial chilena dominante está marcada por la motivación extrínseca: hacer lo que sea por dinero, fama, poder, prestigio y ser parte de la élite. A eso súmele dos ingredientes socio-culturales de arrogancia moral: (1) sentir que la generación de riqueza es un aporte fundamental al país (amparado en las ideas neoliberales comprobadamente mentirosas del chorreo de las utilidades y la chistosa creencia de la autorregulación) y (2) que con ello se ganan un prestigio de reputación y superioridad moral incuestionable, una pseudo-santidad comprada por el éxito empresarial, el financiamiento de algunas obras sociales y la pertenencia a alguna ideología religiosa protectora de la suciedad que va quedando en el patio trasero.

La ética se prueba en las conflictos morales, en los límites: ganaría mucho dinero pero perjudicaría a millones de clientes. ¿Qué hacer? Ante los dilemas morales, la evidencia muestra que la mayoría de los ejecutivos deciden solo por la codicia y el dinero. En el choque yo-otros, elijen por el yo y desprecian lo social, ambiental y la convivencia. 

Las consecuencias no se analizan éticamente sino que legalmente. Por ejemplo, me coludo, perjudico a millones de chilenos por años, gano plata a raudales, me autodenuncio, zafo legalmente, culpo a un par de ejecutivos, digo que no sabía y lloriqueo un rato por los medios. Negocio perfecto.

Una feroz confusión es creer que lo ético es lo legal. Un simplismo infantil. Lo legal es cumplir el piso mínimo de los estándares de convivencia, lo convencional. Lo ético es guiarse por principios y valores inclusivos y colectivos. Esta confusión es la que revelan empresarios y políticos en sus primeras declaraciones cuando son pillados: es legal. Podrá ser legal, pero sus formas de operación y las consecuencias pueden ser largamente inmorales.

Espero que una de las reflexiones que los empresarios no fanáticos hagan es que sin un clima de convivencia social y un país con niveles decentes de equidad no está el eco-sistema para la conservación y crecimiento de los negocios. Si no es por convicción ética que sea por instrumentalidad del negocio: es necesario “invertir” en convivencia y forzadamente “ver a los otros” para cuidar el propio negocio.

¿Es posible que este séquito de empresarios y ejecutivos extractivos de ética narcisista y codiciosa puedan cambiar su moral? Es casi imposible. Quienes cambian tienen conciencia de los otros, evalúan humildemente el impacto negativo de las consecuencias de sus acciones y están dispuestos a hacer un camino de autoconocimiento para crecer, pedir perdón y reparar el daño en el mismo nivel en que fue causado. Es casi imposible que lo hagan. Ni la iglesia católica con la obscena protección a Karadima y la arrogancia narcisista de Ezzati y Errázuriz lo han hecho. ¿Qué queda para el resto?

Esto nos lleva a la pregunta sobre cómo se forman los valores. Los valores se forman desde la experiencia de ser y vivir con otros. No se forman desde las clases de religión o ética. Para que las personas incorporemos un valor a nuestra vida tenemos que sentir por experiencia propia sus efectos beneficiosos para uno y para los demás. Insisto. La formación valórica se hace en la experiencia, no desde memorizar preceptos ideológicos o el deber ser de lo moralmente deseable. 

Si quiere ayudar a formar una persona ética invítela a la experiencia de ser y vivir en comunidad. Solo en esos espacios queda sentida y emocionalmente claro que nadie está por sobre los demás, que la colaboración y la interdependencia son claves para crear respuestas adaptativas a complejidades sociales crecientes, que el liderazgo es un recurso social de la comunidad más que un atributo individual de personas excepcionales, y que la forma de innovar y crear mundos inclusivos y de bienestar compartido es consecuencia de la inteligencia colectiva y colaborativa.

Con los empresarios y gerentes corruptos, esos que asumen con naturalidad incuestionable que el fin de una empresa es la maximización de utilidades (versus la utilidad razonable y compatible con la sostenibilidad del eco-sistema social y ambiental), no hay vuelta. Quizás un par podrá tener una crisis de conciencia y hacer un cambio personal. Les creeremos el cambio cuando en sus actos reparen el daño realizado.

¿Hay esperanza? Sí. La esperanza son los empresarios y emprendedores con mentalidad social en la lógica de empresas B (cuidando el triple impacto de los negocios: rentabilidad económica, social y ambiental), donde la colaboración y la inteligencia colectiva están mostrando que se puede crecer, ganar dinero, contribuir socialmente y construir país. Lógica inclusiva y no extractiva.



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